Eran aproximadamente las ocho de la noche cuando sonó mi teléfono y su voz me avisaba que estaba cerca. La hora de tomar el bus se acercaba y yo estaba apretando de forma nerviosa el aro del bolso que tenía en la mano y fumando un cigarrillo que se convertía en humo con cada calada que le daba. El terminal estaba convulsionado, la gente se aprestaba a salir raudamente hacia el descanso, el nuevo aire. Y yo… me limitaba a estar medianamente decente para el reencuentro con el pasado.
Estaba detenida entre tanto movimiento, como una estatua vigilante, veía a la gente conversando sobre sus planes y lo que harían al llegar a destino. Una conversación me llamo la atención y me hizo soltar una carcajada y mantener una sonrisa por largos minutos. Dos mujeres hablaban de un desconocido director surcoreano que no había estudiado cine y que tenía una sola película que trataba de un monje taoísta que vivía en una casita flotante, supongo que ella no sabía nada de Kim Ki Duk. Preferí escuchar música.
El ambiente se teñía de tabaco y Joy Division, de empujones y gente corriendo. Cuando él llegó, abrazó mi cintura, “hola ricardita” fueron sus palabras, así solía llamarme con cariño. Luego del abrazo reímos y nos sentamos a esperar el bus.
Mientras conversábamos de lo que habíamos hecho en tanto tiempo sin vernos, me di cuenta que sus ojos brillaban más, al parecer la vida sin mí fue buena, contaba animosamente lo que había hecho, sus nuevos viajes, sus nuevos proyectos, su nueva mujer. Estaba más delgado, más guapo y tan escandaloso como antes.
Lo complicado fue cuando preguntó “¿y qué de tu vida?”. Tristemente no había nada que contar. Creo que quiso indagar más allá, preguntándome acerca de novios y amantes furtivos que nunca existieron en mi vida, pero al parecer en su imaginación sí.
No podía dejar de mirarlo, me parecía extremadamente radiante como para ser él, aunque debo aclarar que siempre fue una especie de brillantina dentro de una opaca estantería. Sus gritos y sus ademanes seguían intactos, me gritaba y amenazaba con la misma picardía de siempre. Ya no bostezaba como siempre lo hacía cuando nos encontrábamos a las tantas de la madrugada después de su trabajo o de algún bar. La vida le había sonreído.
Me hizo una pregunta y no la respondí, igual que antes me perdía en el, en su sorprendente magnetismo y en una extraña mezcla entre felicidad y envidia por todas sus historias, por su feliz mirada y recordé el por qué yo no estaba ahí, con él en esa vida tan prometedora y llena de sucesos excitantes.
Mi complejo de atleta me alejó. Siempre que hay una posibilidad de iniciar algo, yo inicio la huída. Creo que es muy probable que como velocista sería mundialmente conocida. Algo así como la Usaín Bolt chilena. Lamentablemente, en las lides emocionales los cien metros planos no son una categoría muy afamada, ahí las pruebas que dan buena reputación son las de resistencia, no las de velocidad.
Y no es miedo al compromiso, como muchos pueden pensar, sino que es el miedo a la frustración, al final, a la sola idea de la muerte – no física, sino espiritual – la que, como dice un amigo, me tiene constantemente con las zapatillas con clavos y en la posición justa para que al escuchar el disparo yo corra como si fuera lo único que se puede hacer.
Me tocó el brazo para que respondiera. Reí y le pedí disculpas por mi silencio, acusando al ruido provocado por la gente sobreexaltada de no permitirme oír su pregunta y como siempre ha sido curioso por naturaleza, volvió a preguntar. Mi respuesta fue simple y sincera como todas las que siempre doy, específicamente dije: “no he tenido tiempo, estoy colapsada con el termino de la universidad y no hay espacio para pensar en mi vida amorosa. Te lo dije”
Sin intención de hacerme recordar el pasado me dijo algo que tiempo atrás recalcó mucho “mi niña, tu eres una gran mujer, pero… ¡eres tan loca!” y se echó a reír.
Sus ojos me miraban como antes, su expresión era la misma, pero su vida era otra. Otra donde yo solo calzaba como un reencuentro quizás esperado pero sólo como eso. ¡Qué terrible es darse cuenta de eso!
Yo era casi la misma que dejó, porque él me cambió y cuando se fue ni siquiera hubo tiempo para demostrárselo ¿era ahora la ocasión para hacerlo notar? Definitivamente no – pensé – ya es un sin sentido hacerlo notar, quizá si abriera un poco sus ojos, si me viera en la forma en que lo hacía antes, si…
Se levanto a comprar los Kent 4 que odio aun con todo mi ser y encendió un cigarro, se relajó por primera vez en todo lo que hablamos. Echó su cabeza para atrás y relajó el cuerpo. No pude evitarlo, juro que no pude evitarlo. De mi boca salió de forma casi visceral una pregunta indebida. ¿Por qué nunca estuvimos juntos?
Él me miró, serio por primera vez y me dijo “eso, no puedo contestarlo yo”
Y tenía razón, la vida era la única dueña de esa respuesta y en su pose simpática algún día haría que me diera cuenta de la respuesta, así como el tuvo la suerte de darse cuenta antes, ya llegaría mi hora de entender.
Le dije: “a menudo pienso que mi vida es el total y absoluto resultado de mis malas decisiones, de mi incapacidad para reconocer personas y tiempos correctos”. Él se limitó a mirarme.
Tomó mi mano como antes, resaltó que la frialdad de esta aún no se quitaba y reímos.
Sentí compasión en ese gesto, por lo que en un acto reflejo retiré mi mano de la suya. Solo me miró, supongo que había aprendido a identificar mis maniobras evasivas con bastante certeza. Me conocía, yo era así. Mi tesis es simple, la gente no cambia, sólo puede simular. Yo nunca iba a cambiar y en su ausencia me di cuenta de eso.
Mientras todo eso pasaba en esa banca y otras cosas pasaban en mi cabeza, la gente seguía moviéndose como si el mundo se fuera a acabar, tomando bolsos, acarreando niños. Alguna vez me pregunté si para estas personas las cosas resultaban tan difíciles como para mí y llegué a la conclusión que cada quién tenía una escala de preocupaciones, una suerte de jerarquización de problemas, para mí los existenciales eran los que más me complicaban y sé que no estoy sola en eso.
Nos percatamos que aun quedaba demasiado para tomar el bus, así que decidimos ir por un trago, en algún bar cercano, de esos que nos gustaban y si había borgoña… ¡tanto mejor!
Encontramos una picada, de esas que en Estación Central nunca faltan y nos sentamos. Pedimos el borgoña y comenzamos a recordar que la primera vez que salimos fuimos a comer sushi, el cambio era tremendo, aunque siempre supimos que éramos de los que podía combinar lo snob y lo guachaca sin ningún tipo de problema.
El perfume frutal de mi piel (tengo tendencia a usar cremas y perfumes frutales) se confundió con las frutillas del borgoña y su risa embriagante me tomó por completo, en cuestión de minutos nos besamos y sentimos como el pasado se hacía presente y el futuro se volvía incierto por una fracción de tiempo. Fue agradable volver a sentir su boca junto a la mía, su respiración agitada y sus manos rodeando mi cintura, pero una avalancha de recuerdos se dejó caer estrepitosamente sobre nuestras cabezas, nos miramos y telepáticamente llegamos al acuerdo de “nunca más” no es bueno escarbar la tierra de las tumbas, no es sano remover los recuerdos.
Inconscientemente, siempre quise estar con él y de manera involuntaria hoy ese deseo se hacía presente y evidente. Hoy no quería correr, hoy quería estar y resistir o, en su defecto, que corriéramos juntos, por primera vez no tenía miedo a lo desconocido, al final ni a la muerte. Al menos no junto a él.
Pero era una ilusa, su vida estaba hecha, estaba bien. ¿Es racional dejar el todo por nada? Siendo objetiva, lo encuentro un despropósito, aun sabiendo que el nada en esa pregunta era yo.
Por una cuestión de suerte miré el reloj y me di cuenta que la hora había pasado muy rápidamente, era el momento de partir buscar los bolsos e irnos. Le dije: “¡es muy tarde!” él contestó: “vamos”. Pagó la cuenta como el macho alfa proveedor que siempre había sido y nos marchamos.
La buena tarde que para mi había pasado de tabaco y Joy Division a nostalgia y recuerdos, ahora era una tarde de borgoña y Goethe. Y yo era el Fausto que no se atrevió a hacer el pacto y que en cierta forma se encontraba igual de desolado que el que hizo algo.
El camino hacia el rescate de nuestros bolsos se hizo en un profundo silencio, el que lejos de ser incomodo, era simplemente una respuesta al haberlo dicho todo, a no poder agregar nada más. Todo lo que se hubiese dicho en ese tramo sobraba.
Luego de tomar nuevamente posesión de nuestros bolsos, caminamos hacia el andén y ahí estaba esperándonos el bus que nos alejaría de la convulsionada ciudad y de la gente alocada y focalizada en escapar.
Cuando volteé a verlo, vi que me miraba con un dejo de despedida y en ese preciso instante lo comprendí todo. Era demasiado tarde para escapar juntos, para hacer algo. No éramos los mismo que se encontraron tiempo atrás, habían pasado muchas cosas en su vida, muy pocas en la mía pero el tiempo había hecho su trabajo y muy bien, como siempre lo hace.
Se acercó, me besó y solamente dijo: “no puedo” con la voz quebrada. Tomó su bolso y sin más, camino alejándose del andén.
Entendí que no podía pretender que nada había pasado, que no es cosa de tomar una goma y borrar o de hacerse el ánimo y fingir que nunca corrí. Yo interpuse la distancia y paradójicamente, con el fin de no huir más de él, ahora no tenía mis zapatillas de clavo para poder volver y acortarla.
Así con mi bolso cargado de ropa y con un estante lleno de medallas de oro como velocista emocional, no tuve más opción que dejar que él huyera de mí esta vez. Cabizbaja subí al bus y me di cuenta que, si bien el tren no me dejó, el subir al bus sola era lo mismo.
Subí a aquella máquina que me haría escapar unos días, probablemente como un sustituto casi perfecto del calzado de atleta que dejé, me dispuse a escuchar música. Así la noche nuevamente se teñía de Joy Division pero ahora no acompañado de tabaco, sino que de una sensación de paz frustrada bastante extraña.
Lo quería aun y probablemente lo seguiría queriendo por un tiempo más, quizás hasta que tuviera que huir de nuevo, quizás hasta que asumiera mi error y, en el mejor de los casos, quizás hasta que me necesitara y quisiera volver, bolso en mano, al andén del bus de mi vida.
Pero, a decir verdad, no puedo asegurar que queden pasajes, ni menos que llegue a la hora de salida del bus, supongo que así es la vida.
Uno llega con un bolso cargado de todas las cosas pasadas, como experiencias y recuerdos, a buscar un andén donde tomar un bus que lo lleve a la alegría y la tranquilidad, como mínimo, y a veces se equivoca de destino o el bus ya partió y peor resulta ser si alguien ocupo su asiento.
El bus encendió el motor, la música continuaba sonando y la vida seguía. Dentro de mi resignación pensé “quizás el pasaje de vuelta es el premiado” y olvidé toda mi frustración y análisis existencial, bajo la sola idea quinceañera de que al regresar me estuviera esperando en el mismo andén donde la vida me dio una buena vuelta de mano.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario