"el deseo despierta el ansia de poseer y ésto despierta el instinto asesino"
KIM Ki-Duk

martes, abril 05, 2011

Extracto

La noche se ofrecía para los placeres mundanos aquel día. Renata fiel a su impulsividad comenzó a besar a Ignacio como nadie nunca lo había hecho. Ignacio presa de una pasión jamás experimentada cedió a los deseos de Renata. Se usaron toda la noche. Ellos no se amaron, porque para ambos el amor era algo inexistente, obviamente desde perspectivas distintas, uno nunca lo necesito en su vida y la otra nunca tuvo el esmero para encontrarlo.

Cuando Ignacio besaba la piel de su amante sentía en su interior un calor inexplicable, una sensación de necesidad de más. La hizo suya una y mil veces. Y Renata, adoraba ser poseía como si fuera la última vez, quizás por eso su manía de buscar amantes esporádicos. Aunque esta vez fue distinto, no se necesitaron palabras ni gestos específicos. Los códigos quedaron atrás. Y algo sin palabras era imposible de tergiversarse, tal cual a ella le gustaba algo que se mantenía en forma y en fondo.

El ambiente era cálido, lleno de olores indescriptibles y afrodisíacos. La luz tenue permitía que las formas de Renata se vieran como dibujadas con un trazo fino y delicado. Las suaves sábanas que Renata mantenía en su cama eran la perfección misma para el placer. Los roces entre los cuerpos provocaban descargas eléctricas que se hacían sentir en el interior de los cuerpos entrelazados por uno de los instintos más primitivos en el ser humano.

La delicia de los brazos fornidos de Ignacio era un placer al que Renata no podía resistir. La palabra “no” no había sido muchas veces utilizada por su boca y no iba a ser esta una de esas contadas veces en que la usara. Le gustaba sentirse estrangulada por esas fornidas extremidades que encendían sus más bajas pasiones. Mañana no importaba, para ninguno de los dos. Lo único que importaba era degustar el delicioso sabor de las formas, los aromas y el placer.

Así, rendidos por el mismo cansancio que invade a un soldado en pleno campo de batalla, quedaron exhaustos y cayeron rendidos entre las finas y suaves sábanas que fueron testigos clave de la guerra que se había llevado a cabo en esa habitación.

Al día siguiente Ignacio se despertó con una extraña sensación. Mezcla de extrañeza y arrepentimiento, pero un arrepentimiento muy leve. Tomó sus cosas con mucho cuidado, para no despertar a Renata La vio dormir tranquila y en paz. Algo provocaba esa desconocida en él. Algo que nunca se había permitido sentir.