Hay que destruir para crear con conciencia.
Provocar una bomba de alta capacidad destructiva con el propósito de derribar todas las barreras existentes, aquellas que no nos permiten avanzar.
¡Própóngó hempesar ah dèstrûir el lengüáge!
No la palabra, elemento básico de la expresión, sino que destruyamos las phormas y los módos de ecspresiòn. Liberémonos de la limitada capacidad que tienen las partes fundamentales del idioma cuando se agrupan en formas preestablecidas, preconcebidas e históricamente correctas.
Entendamos que la forma de expresar cohíbe el objeto expresado... Ninguna norma puede permitirnos dar un verdadero acercamiento a nuestra propia realidad.
¡Sigamos quebrando los sistemas imperantes!
Destruyamos cualquier sistema que denigre al hombre en su esencia. Olvidémonos de monetarismos y alienaciones. Que el capital no sea más importante que el factor humano. Que el valor de las personas no se mida en tenencias ni en estatus.
Rompamos el círculo que engorda a los grandes empresarios, si es necesario, volvamos a la economía del trueque, la autarquía o cualquier sistema anterior o contrario al mercantilismo o a alguno basado en el mismo.
¡Tomemos conciencia de lo individual como parte de lo colectivo!
Dejemos a nuestras mentes fluir libremente en favor de la humanidad. Comencemos a maximizar nuestro beneficio sujeto al beneficio de todos. Veamos a nuestros pares como un reflejo de nosotros mismos...
Además, reconozcamos que el colectivo no es solamente el prójimo, sino también la tierra que pisamos, el agua que usamos indiscriminadamente, la naturaleza y el medio ambiente en si.
¡Iniciemos una revolución sin armas! No para transformar y cambiar a algo nuevo y mejorado, sino para recuperar la esencia del ser, para volver a nuestras raíces de hace años inmemoriales.
Para recuperar al HOMBRE, por el HOMBRE y para el HOMBRE.